EL AGUA
BIEN COMUN PATRIMONIO MUNDIAL DE LA HUMANIDAD.

Autor: Elva Roulet
 
 

La preservación de la naturaleza como sustento de la vida humana y su manejo adecuado son condiciones necesarias para asegurar a las futuras generaciones las condiciones que contribuyan al logro de un progreso sostenido, de una mayor equidad en el disfrute de los beneficios del crecimiento o, lo que es lo mismo, de un desarrollo sustentable para todos.
Hoy nadie pone en duda que el aire y el agua son los elementos básicos que sostienen los ecosistemas y que han sido profundamente dañados.
Todas las actividades humanas producen una alteración de los equilibrios naturales del ambiente del cual el hombre forma parte. Son las intervenciones antrópicas responsables de las mayores perturbaciones en el equilibrio de la naturaleza. Desde las primitivas culturas agrícolas bajo riego hasta la actual revolución tecnológica e informática, con sus grandes requerimientos, el desarrollo humano no ha hecho sino exigir intervenciones cada vez más complejas y de más alto riesgo para la existencia del planeta.
El agua es un recurso elemental para todos los seres vivos: constituye un sinónimo de vida, determina las características de su “habitat”, es una condicionante del desarrollo de las sociedades, y se comporta como vector de gran parte de las calamidades que afectan a la humanidad a través de la transmisión de enfermedades o de las catástrofes climáticas que provoca.
Si se tiene en cuenta que la renovación natural del agua, que constituye su "ciclo", no hace aumentar el volumen de la misma circulante en la hidrosfera, el cual se mantiene constante en el tiempo; que su disponibilidad puede aún disminuir por contaminación; que la utilización de agua aumentó seis veces entre 1900 y 1995 (más del doble que la población) y dos veces entre 1975-1995 (lo que muestra un proceso incremental acelerado),  nos encontramos ante una situación de extrema gravedad. En efecto, en 80 países, que constituyen el 40 % de los habitantes del planeta, se padece el llamado "stress" del agua,  lo que significa que su suministro es insuficiente en cantidad y en calidad.
Por otra parte, el incremento exponencial de la población  hace prever para el próximo cuarto de siglo un aumento de 2.000 millones de habitantes. Esta enorme cifra -cuyo pronóstico deseamos y esperamos que no se cumpl(1)- constituye un tercio del total de la población mundial actual de 6.000 millones de personas a la que se llegó en los 20 siglos transcurridos de nuestra era, sin tener en cuenta el enorme período transcurrido desde el remoto punto de origen de la existencia del hombre sobre la tierra en el que sólo se había acumulado una población inferior al 3% de la actual. Este crecimiento explosivo de la población, con las necesidades que ello crea, ha dado una dimensión inconmensurable al problema. En 40 años las ciudades de más de un millón de habitantes pasaron de 78 a 290 en 1990, y se calcula que serán 650 en el 2025. La mayor parte de ellas están en países subdesarrollados y los costos requeridos para la provisión de agua alcanzan magnitudes imposibles de cubrir, teniendo en cuenta sus niveles de pobreza y la limitación de los créditos internacionales hoy disponibles.
Una buena parte de la humanidad, incluyendo América latina, vive sin contar con un acceso seguro al agua potable pese a su dotación comparativamente favorable de este recurso. Esta situación se transforma en patética en el caso de África, donde la mitad de la población carece de ese elemento fundamental y apenas  una pequeña parte de la misma, que alcanza al diez por ciento, lo obtiene de las  lluvias que logran recoger precariamente para un magro consumo, por la falta de inversiones en las obras necesarias. 
En Asia, el continente que aloja la más grande población del mundo, el problema del agua es muy grave,  ya que posee el 65 % de la población mundial que no cuenta con servicios de abastecimiento de agua.
Según el Banco Mundial, más de mil millones de seres humanos en el mundo carecen de acceso seguro al agua potable. La ONU cifra en seis mil, mayormente niños, las personas que mueren cada día como consecuencia de ingerir agua contaminada. Como siempre, los países más agobiados por la pobreza son los que más sufren. La falta de infraestructuras resultantes, a lo que hay que agregar problemas como las guerras y la corrupción de muchos gobiernos, constituyen muy a menudo situaciones que superan las catástrofes naturales como la sequía.
Es necesario destacar algunos otros aspectos importantes que se hallan vinculados con el manejo del agua y las obras de infraestructura existentes en relación con los efectos negativos reales o potenciales que producirían, y que deben ser analizadas, en  cada caso, con información suficiente, sin falsos prejuicios, con capacidad técnica calificada y con  honestidad intelectual incontrastable. Comenzamos por  mencionar la construcción de grandes diques, cuya cantidad ha crecido aceleradamente en todo el mundo y  cuya escala monumental, que los hace más perturbadores, ha ido en aumento. Muchas voces se han alzado para denunciar su impacto sobre el ambiente y la salud, los enormes riesgos que comportan en caso de fallas o de catástrofes para la población y los sistemas productivos, así como por la amenaza de extinción de flora y fauna natural y de importantes humedales.  También deben enumerarse las deficiencias y la obsolescencia de gran parte de las redes de suministro de agua potable y las elevadas pérdidas que producen; la contaminación y el derroche en los sistemas de irrigación agrícola; la producción creciente de aguas residuales industriales contaminadas, la extracción irracional de aguas fósiles de napas profundas; los conflictos producidos por los usos alternativos del agua y los referidos al uso compartido de cuencas pertenecientes a varios países. Todo esto configura un escenario de carencias, derroche, contaminación, mal uso, soluciones técnicas inadecuadas, confrontaciones e inequidades  en el tratamiento y suministro de este estratégico y vital recurso.
 La situación a la que se ha arribado al llegar a este fin de siglo es una de las preocupaciones más serias y la crisis hídrica  se está anunciando como la crisis ambiental por excelencia del siglo XXI.
Aunque esta preocupación no es nueva pues tiene ya más de dos décadas, los avances son muy escasos. En 1977 se realizó la Primera Conferencia Mundial sobre el Agua, que tuvo lugar en Mar del Plata, Argentina, organizada por las Naciones Unidas. En este momento se pusieron en evidencia, con abundante información científica y técnica, los datos de base de la crisis del agua, y se lanzó desde este organismo "El decenio internacional del agua potable y de la salubridad" (1981-1990).  El objetivo fijado era  posibilitar el acceso al agua potable a entre 600 y 800 millones de personas, propósito que quedó muy lejos de ser cumplido hasta la fecha.
Sin embargo, el tema se instaló en la agenda internacional. Y es así que al cabo de la década en el Seminario Internacional sobre "Uso Eficiente del Agua", realizado en México en 1991, se  enfatizó que: "La disponibilidad y la calidad del agua son críticas para un desarrollo sostenible. El alimento, la energía y la productividad están directamente relacionados con un abasto de agua confiable. El manejo juicioso de este recurso es central al éxito de la estrategia para el desarrollo sostenible. Durante la última década ha habido un reconocimiento creciente de los problemas de la disponibilidad de agua y de su calidad, que están vinculados con otras consideraciones ambientales más amplias y que no se deben ver independientemente. Un enfoque integral hacia la administración de los recursos hídricos resulta entonces esencial".
La Conferencia de Río de Janeiro, de 1992, señaló la urgencia de una "política mundial del agua", en el marco de la Agenda 21, y propuso la creación del "Día mundial del agua" fijado anualmente el 22 de marzo. Esta iniciativa ha creado un marco de movilización, difusión de información, reclamaciones y propuestas por parte de miles de organizaciones voluntarias de todo el mundo, que se ocupan del tema y se manifiestan en ocasión de esta fecha.
A estas iniciativas se sumó el Banco Mundial, el que conjuntamente con las Agencias para el Desarrollo y para el Ambiente de las Naciones Unidas, y algunos Estados y empresas privadas concretaron en 1996 la creación del "Consejo Mundial del Agua" con la finalidad de elaborar, proponer y promover una visión común mundial en materia de política del agua.
La UNESCO ha convocado un importante grupo de científicos y expertos y, en 1998, reunió una Conferencia Mundial sobre el Agua, con el título: "El agua: una crisis inminente?".
Como resultado de la realización de éstos y otros foros se han producido diversos programas y propuestas para la acción. Pero las medidas efectivas son insuficientes y los problemas siguen creciendo y la crisis se manifiesta ya de manera aguda en muchos países y regiones del mundo, produciendo traslados masivos de población, hambrunas y muerte.
Esto reclama una toma de conciencia universal sobre el tema ya que la existencia sobre la tierra o el futuro de las diferentes comunidades humanas y de los ecosistemas son parte de un mundo finito e interdependiente.
De acuerdo con la propuesta del “Manifiesto del Agua” de Lisbo(2), enunciado con el objeto de establecer un acuerdo mundial, la disponibilidad del agua debe ser garantizada a todos y, para que ello sea posible es imprescindible incorporar  una nueva visión de este bien. De acuerdo con ella deberá otorgársele el carácter de "res pública", a partir de lo que se constituiría en la "primera res pública mundial". El cambio de conciencia que esto implica constituye el gran desafío que con urgencia debemos proponernos para movilizar la solidaridad universal, en el entendimiento de que no  servirán las respuestas aisladas.
Sin embargo, a las dificultades inherentes a la puesta en marcha de una nueva idea como la propuesta, se agrega un problema adicional: se trata del avanza de la corriente ultraliberal orientada a la privatización de los servicios de provisión y distribución de este recurso, actividades que históricamente se desarrollaron en el ámbito de lo público y fueron consideradas como funciones indelegables de los Estados. Esta arremetida confronta el concepto de "agua fuente de vida" con la noción hoy en expansión de "agua fuente de beneficios". El agua no es un recurso natural como los otros. Este retroceso conceptual no puede sostenerse y debe ser activamente combatido.

El agua en tanto fuente de vida ha de ser reconocida como bien común patrimonio mundial de la humanidad. Debemos hablar, entonces, de un "derecho del agua" que debe ser considerado como parte inseparable del derecho a la vida.

Esto implica que el acceso al agua, en cantidad y calidad suficientes, es un derecho de ciudadanía, y constituye una responsabilidad colectiva el deber de garantizarlo mediante un compromiso  insoslayable de toda la sociedad.  Esta responsabilidad debe ser asumida por los Estados en resguardo de la calidad de vida de sus habitantes y de la  supervivencia misma de gran parte de la humanidad.
Esta debe ser, asimismo, una responsabilidad mundial que ha de asumirse en forma conjunta por parte de todos los Estados, los que deben comprometerse a promover una nueva concepción y a crear nuevas reglas solidarias para dotar de agua a cada comunidad y a todo ser humano, suscribiendo ese Contrato Mundial del Agua, ya creado, de modo de asegurar el cumplimiento del objetivo indicado para la próxima generación.
Con ese fin creemos imprescindible impulsar en todos los foros internacionales pertinentes la formación de un "Fondo Mundial del Agua", para financiar la infraestructura necesaria que requiere su suministro a todos los pueblos carenciados y para posibilitar un desarrollo sustentable en sus ámbitos de vida.
 Se impone un cambio cultural y, para ello, resulta fundamental asociar a la población para una mayor comprensión de la problemática del agua mediante la educación para su manejo y su participación en la gestión y administración de este recurso vital y escaso.
Las importantes decisiones necesarias no pueden seguir demorándose. El imperativo es actuar con urgencia. La crisis ya está instalada!

 

 

* Presidente Honoraria del Instituto de Estudios e Investigaciones de Medio Ambiente
IEIMA
Buenos Aires, 4 de  mayo de 1999

(1)-Para ello se hace necesaria una toma de conciencia generalizada que incluye revertir actitudes apoyadas en creencias religiosas e ideologías opuestas al establecimiento de políticas de población, las que deben basarse en la educación y en el respeto a las convicciones individuales y societarias diversas.
(2)“Le Manifeste de l’Eau”, Pour un contrat mondial, Ricardo Petrella, Lisboa, 1998.
Una iniciativa del Grupo de Lisboa y de la Fundación Mario Soares.