El Absurdo

Consecuencias del escepticismo para la acción

 

El pesimismo que nos da el conocimiento
no impide el optimismo de la voluntad
Gramsci

 

Los griegos, los hombres más logrados (…),los mejor relacionados con la vida, precisamente ellos tuvieron necesidad de la tragedia(1). Es esta una de las primeras afirmaciones que Friederich Nietzsche formula en El nacimiento de la tragedia. Nietzsche llama pesimismo de la fortaleza, o neurosis de la salud, a aquella mirada que se anima a adentrarse en lo terrible por creerlo su enemigo (…) contra el cuál quiere probar sus fuerzas(2). Hay una cierta valentía en interrogar a las fuerzas oscuras de la naturaleza, y a este respecto se cuestiona: ¿Qué significa, precisamente en la época más feliz, más fuerte y más valiente de los griegos, el mito trágico?

Quizás fue una pregunta similar la que Albert Camus quiso responder en El mito de Sísifo. En su libro define el absurdo como producto de la confrontación entre la nostalgia humana de la unidad de la experiencia, de familiaridad con la realidad; y un mundo que se le presenta extraño e irracional. La razón tiene sed insaciable y la realidad se niega a satisfacerla. Esta lógica conduce al mayor de todos los absurdos: la muerte, única certeza inconmovible. Nuestro deseo de comprender –explica Albert Camus-, nuestra nostalgia de absoluto nace justamente de que podemos comprender y explicar muchas cosas. Es inútil negar absolutamente la razón. Tiene su orden en el cuál es eficaz. Ese orden es precisamente el de la experiencia humana. De ahí que queramos aclararlo todo (…). Si lo absurdo nace en esa ocasión es justamente al encuentro de esa razón eficaz pero limitada, y de lo irracional que renace siempre.

El hombre absurdo sabe que no hay lugar para la esperanza. Pero la renuncia no es la solución. Abolir la rebelión a ese mundo que no se deja humanizar implicaría eludir el problema. La grandeza del hombre consiste en la lucha constante con una realidad que lo supera; y es por esto que una metafísica escéptica no se puede aliar con una moral del renunciamiento. El escepticismo exalta la vida, en tanto aleja de la posición pasiva de la mirada esperanzada. Un mundo del que nada se espera deja lugar a la acción como búsqueda activa de resultados. El hombre trágico, que acepta la vida con sus limitaciones, quizás sea el que está llamado a hacer más cosas. El intento de agotar el campo de lo posible, no es una meta menor.

La tragedia griega

 

Los griegos eligieron dos divinidades como fuente de su arte, las cuáles sólo aparecen fundidas entre sí con el florecimiento de la voluntad helénica conformando la tragedia ática. Dioniso y Apolo revelan dos estados de delicia de la existencia: la embriaguez y el sueño.
El mundo onírico de Apolo es el reino de la bella apariencia. El sueño nos habla en forma de imágenes en cuya contemplación y compresión gozamos. Incluso las visiones tristes y oscuras pueden ser percibidas con el mismo placer bajo el velo de la apariencia, que aparece y desaparece dejando entrever las sombras de lo real. Apolo se caracteriza por estar libre de las emociones más salvajes, por la serenidad del escultor. Reina sobre el mundo interior de la imaginación: trae la naturaleza reparadora del sueño que hace posible la vida. Pero su visión tiene un límite en la mesura, que posibilita la calma propia de quien está ajeno a las emociones violentas. Como aquel pescador descrito por Shopenhauer, que se mantiene tranquilo y confiado en su frágil embarcación en medio de un mar violento y salvaje. Es este el principio de individuación, que le permite al hombre permanecer calmo en medio del horror, resguardado por el manto de la belleza, ensimismado en su sueño.

Dioniso, en cambio, juega con la embriaguez, con el éxtasis, provocando el olvido de sí.
El principio de individuación se rompe. Lo subjetivo es arrasado por la potencia universal de la voluntad dionisíaca. Ésta lleva a la reconciliación entre los hombres y con la naturaleza. El ser humano se transforma: aparece como obra de esta naturaleza creadora. Cada ser se siente Uno con el mundo. Satisface esa nostalgia de unidad de la que hablaba Camus. Pero cuando este estado desaparece, percibe el abismo insondable que lo separa del mundo. Si procuro comprender y saborear ese delicado sabor que revela el secreto del mundo, es a mí mismo a quien encuentro en el fondo del universo(3), presentía Camus en su primera obra. Un hombre sobrio ya no forma parte del todo, y queda así condenado a la difícil tarea de crearse a sí mismo.
El principio de individuación, considerado por Nietzsche como la fuente de todos los males, lleva a un mundo despedazado en individuos. Rompe la Unidad fundamental de todo lo existente. Quizás la imagen que propone Kafka de un hombre amenazado por el riesgo de caer, ilustre cómo un ser lúcido, que no hace trampas, vive la misma situación que el apacible y enceguecido pescador de Shopenhauer, pero en constante tensión.

El que se nos presenta como el ciudadano más perfecto, el que navega por el mar en un barco, con espuma delante y una estela detrás, es decir, con grandes influjos en su entorno, tan distinto al hombre que está sobre las olas con sus cuatro tablones que, además, entrechocan y se hunden los unos a los otros…él, ese señor y ciudadano, no corre menos peligro.(4)

El individuo separado de aquella comunión escucha todavía el grito de la voluntad que le revela la pérdida insustituible con la que convive. Ese grito lo sumerge en un estado de placer y dolor profundos. La potencia de este instinto llegó a ser amenazadora. Pero el pueblo griego logró contener esta terrible fuerza sujetándola con las cadenas de la belleza apolíneas. La tragedia erige un mundo intermedio. Utiliza la belleza como espejo en el cuál reflejar las imágenes del mundo, y así, mediante una mirada indirecta y transfigurada, permite soportarlas. Pero esta mediación, como el absurdo de Camus, sólo se mantiene en la constante lucha entre la verdad y la belleza, entre Dioniso y Apolo. La obra más elevada será siempre(…) la que equilibre lo real y el repudio que el hombre opone a la realidad.(5). El arte es el único capaz de emancipar del yugo de la individuación al intentar el reestablecimiento de la unidad. Pero la reconciliación nunca es total. El hombre no puede superar por completo su divorcio de la realidad. No es capaz de enfrentar la verdad sin los lentes artísticos. Con la obra trágica la vida triunfa en su propia negación. Cuando la nausea es usada para crear, lo real se disuelve en su representación. Lo espantoso o lo absurdo resulta sublimador, pues sólo en apariencia es espantoso o absurdo(6). El absurdo de la existencia sólo surge cuando la consciencia se enfrenta con la falta. Y esta tensión sólo puede ser sublimada en el arte. Al respecto, Freud afirma:

La realidad, a pesar de nuestras pretensiones, nos satisface poco. Así, bajo la presión de nuestras represiones interiores, emprendemos dentro de nosotros mismos toda una vida de fantasías que, al realizar nuestros deseos, compensa las insuficiencias de la existencia verdadera. El hombre enérgico y exitoso es el que logra transmutar en realidades las fantasías del deseo (…). Si el sujeto posee el don del arte, psicológicamente tan misterioso, puede, en lugar de producir síntomas, transformar sus sueños en creaciones artísticas. Así escapa al destino de la neurosis y encuentra por ese rodeo una relación con la realidad(7)

La tragedia no es ya la vedad misma, sino su simbolización. La re-presentación que posibilita una reconciliación con la realidad.

 

El absurdo moderno

Un hombre es siempre presa de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas. No hay más remedio que pagarlas. Un hombre que adquiere consciencia de lo absurdo queda ligado a ello para siempre. Un hombre sin esperanza y consciente de no tenerla no pertenece ya al porvenir.
Albert Camus, El mito de Sísifo

En El revés y el derecho Camus desnuda en unas pocas páginas toda su angustia y su desesperación por vivir. El mundo y su revés, la vida y al muerte. Un hombre contempla su tumba y el otro la cava: ¿Cómo separarlos? Los hombres y su absurdo(8). Camus sabe que no se puede elegir. La vida se escapa día a día en una carrera vertiginosa hacia su fin ¿Cómo no angustiarse sin renunciar a la conciencia? El reino de lo humano es siempre parcial y limitado pero la nostalgia de absoluto persiste. La ilusión de totalidad choca con la certeza de una muerte segura.
El pecado no consiste tanto en saber (a este respecto todo el mundo es inocente) como en desear saber(9), afirma Camus. Por todo se paga un precio. Y el del saber es el escepticismo, la desesperanza. El querer guía al hombre lúcido y lo enfrenta al abismo. El desafío consiste en vivir con este desgarramiento. Y el peligro es que el escepticismo se convierta en renuncia. Pero esta no es una consecuencia que se siga del pensamiento absurdo. Si yo fuese un árbol entre los árboles -dice-, esta vida tendría un sentido o, más bien, este problema no lo tendría, pues yo formaría parte de este mundo(10). El conflicto sólo se da en tanto se tiene consciencia del despedazamiento de mundo. Sólo cuando Apolo descubre con horror la irracionalidad que rige el mundo dionisiaco; el azar reinante. Sísifo, condenado por los dioses a rodar eternamente una piedra hasta la cima de una montaña, no sería un héroe trágico si no fuese consciente de su castigo y a cada paso sostuviera la esperanza de alcanzar su propósito. Pero el infierno del presente es su único reino.
Sísifo le interesa a Camus en su descenso. En su momento de respiración y consciencia. Sólo la lucidez es la que lo hace superior a su destino. La que consuma su tormento y su victoria a la vez. No hay destino que no se venza con el desprecio(11). La alegría y la tristeza son las dos puntas del hilo tenso que sostiene la vida. Y el arte de vivir consiste en mantener esa firmeza. El destino del hombre vuelve a las manos del hombre. Y este es el motivo de la secreta sonrisa de Sísifo. Morirá, pero es dueños de sus días.
La vida no tiene más sentido que éste, que es acaso el mayor de los sinsentidos: el esfuerzo estéril, el dolor sin recompensa. El hombre que descubre el absurdo debe vivir con él y esto sólo es posible mientras mantenga su rebelión consciente.
El suicidio, según Camus, es lo contrario a la rebelión ya que representa la aceptación máxima de la hostilidad del mundo. El hombre ve un único porvenir posible y se entrega ciegamente a él.

El suicidio resuelve lo absurdo. (…) Pero para mantenerse lo absurdo no puede resolverse. Elude el suicidio en la medida en que es al mismo tiempo consciencia y rechazo de la muerte. (…) Lo contrario del suicida es el condenado a muerte(12).

Nuevamente es Kafka quien capta el sentido de lo que Camus dice, al describir al suicida como aquel que se precipita equivocadamente en un destino al parecer evitable.

El suicida es un preso que ve en el patio de la prisión una horca,
cree equivocadamente que le está destinada,
se escapa por la noche de la celda, baja y se ahorca solo.(13)
 

La rebelión que Camus plantea le devuelve la dignidad al hombre. El escepticismo le obliga a cargar el peso de su propia existencia, lo aleja del renunciamiento. El condenado a muerte muere irreconciliado. Su única verdad es este desafío. Lo absurdo restituye así la libertad de acción y su entera responsabilidad. El hombre racional, que creía en algún sentido último de la existencia, vivía atado a las exigencias de ese propósito. El hombre absurdo no cree en el porvenir. Para él sólo existe el presente y ese es el motivo de su libertad profunda. Como el condenado a muerte al que le abren las puertas de la cárcel, éste hombre está disponible para agotar el campo de sus posibilidades. Y esta es la actitud opuesta al suicida kafkiano.
Un hombre enfrentado a su noche que aspira a agotarse sin esperanzas. En esta contradicción fundamental se mantiene viva la llama de la vida.

El hombre trágico, incapaz de experimentar lo eterno, se alía con el tiempo. Sabe que su acción es inútil, y sin embargo es libre para probar todo. Actúa “como si” su camino llevara a alguna parte, como si pudiera alcanzar aquello que anhela. Y en el camino mismo transcurre su vida.
El artista es, para Nietzsche y Camus, el hombre absurdo por excelencia. La obra de arte justifica la vida al unir lo real y el repudio que el hombre le oponeen un mismo impulso. Sublima la añoranza de unidad a la vez que representa al mundo fragmentado. Tenemos el arte para no morir de la verdad, dijo Nietzsche alguna vez. Éste, como el juego en el niño, se opone a la realidad. Mantiene la propia consciencia, y con ello también la acción. El creador vive dos veces. Imita, repite y recrea la propia verdad. Como el actor que vive muchas vidas a la vez, el hombre absurdo aspira a experimentar: sabe que la cantidad vale más que la calidad. Y es quizás este hombre el que podría pasar la prueba planteada por Nietzsche en La gaya ciencia:

Y si un día, o una noche, un demonio se deslizara en tu más solitaria soledad y te dijera: ‘Esta vida, así como ahora la vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez e innumerables veces más. (…)¿No te arrojarías al suelo y harías chirriar los dientes y maldecirías al demonio que te hablaba de ese modo? ¿O has vivido alguna vez un prodigioso instante en el que le hubieras respondido: ‘¡eres un dios y nunca he oído algo más divino!’. Si ese pensamiento adquiriera poder sobre ti, te transformaría, a ti, tal como eres, y quizás te aniquilaría; ¡la pregunta, respecto de todo y de cada cosa: ‘¿lo quieres otra vez, e innumerables veces más?’ yacería sobre tu actuar como el más grave de los pesos!

El hombre absurdo no intenta ya explicar y resolver, sino sentir y describirla diversidad del mundo. La obra de arte es un signo del mal que lo atraviesa. Ayuda al espíritu a salir de sí mismo. Permite al artista señalar ante los otros la paradoja en la que todos se hayan insertos. Pero la paradoja misma no se resuelve. Como en los planteos del Zenon de Elea, el juego consiste en atravesar el camino que lleva de la mitad, a la mitad de la mitad sin poder superar nunca esa eterna repetición. Mantener una vida bajo esta certeza implica el mismo desafío que aceptaba aquel hombre que hacía equilibrio sobre cuatro tablones inestables.
No hay fronteras entre lo que un hombre quiere ser y lo que efectivamente es. Entre el parecer y el ser. Y el artista se crea a sí mismo en esta segunda realidad que genera. Su anhelo hecho carne en la obra vuelve a él para transformarlo. Y él termina por ser su propio fin. El objeto que aspira a colmar su propio deseo. Puede ser extraño al mundo, pero no a su mundo. El artista repite la imagen de su verdad en las distintas obras poniendo a circular el secreto estéril que detenta. Si se dedica a explicar la vida, fracasa. Pero si sólo se limita a imitarla entonces la afirma. Ningún hombre consigue poner la realidad a la altura de sus deseos. El artista no sublima lo real sino su propia angustia.

Consideración surrealista del absurdo

Únicamente la palabra libertad tiene el poder de exaltarme. Me parece justo y bueno mantener indefinidamente este viejo fanatismo humano.

André Breton, Primer Manifiesto.

 

La liberación del espíritu de sus cadenas es la preocupación de los surrealistas. Tan sólo la imaginación –dice Breton-, me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser; (…) y esto basta para que me abandone a ella sin miedo al engaño(14). El movimiento se convierte en defensor de la imaginación y del sueño frente al imperio de la razón y la lógica.
Los surrelistas reivindican la potencialidad emancipadora del sueño para la vida. Las profundidades del hombre ocultan fuerzas poderosas capaces de combinarse con las que se advierten en la superficie. El surrealismo se plantea el objetivo absurdo de armonizar el sueño y la vigilia en una especie de realidad absoluta, en una surrealidad. Esta es la conquista que pretendo –asegura Breton-, en la certeza de jamás conseguirla, pero demasiado olvidadizo de la perspectiva de la muerte como para privarme de anticipar un poco los goces de tal posesión.(15)  Tal conquista es absurda desde el momento en que se sostiene la imposibilidad de cumplirla.
El método debe captar los impulsos internos sin que ellos se vean modificados por la razón. El procedimiento busca la total recuperación de la fuerza psíquica mediante un descenso vertiginoso al interior del espíritu. En aras de lograr este fin, y retomando un planteo de Pierre Reverdy, Breton asegura que dado que el sueño (creación pura del espíritu), se presenta en imágenes, todo lo que puede hacer el hombre es traducir esas imágenes al lenguaje, traerlas a una realidad con la que necesariamente contrastarán. La apariencia creada acercará dos realidades lejanas. Y cuanto más lo sean más fuerte será la imagen. La fuerza de la paradoja, para Camus, radica en la yuxtaposición de dos planos opuestos. Y para realizar esta unión plantea la necesidad de un diccionario de correspondencias entre uno y otro. La forma de dejar fluir esas imágenes en el surrealismo es a través del discurso automático, que, cumpliendo el rol de lenguaje mediador, unirá la realidad del sueño con la de la vida material. Las imágenes que surgen se destacan por su absurdo inmediato. Pero este absurdo tendrá la capacidad de conducir a lo legítimo del mundo. El espíritu pronto se da cuenta de que estas imágenes son acordes con la razón, y aumentan sus conocimientos.(16)Así es que ambos planos de la existencia se complementan en su contraste. Y el hombre adquiere consciencia de la magnitud de sus deseos. El surrealismo busca unir en un mismo movimiento vida y muerte, real e imaginario.
Cada cual vive según la idea que de su propia libertad ha conseguido formarse, y Dios sabe que esa idea es, muy generalmente, bastante apocada.(17) Breton mantiene una única esperanza, que tal vez no merezca tal calificativo. A pesar de los fracasos históricos, dice, a pesar de la realidad hostil, el hombre aún goza de la libertad para creer en su libertad. El surrealismo, y su antecesor el dadaísmo, han liberado una horda de palabras cuyas potencialidades son difíciles de prever. El querer hace al poder. El parecer a la esencia. El hombre parte de donde quiere, y, a lo largo de cualquier camino que no sea razonable, llega a donde puede.(18) El artista se hace en su obra.

El tiempo es cierto, continúa Breton, el hombre que seré tiene ya las manos echadas al cuello del hombre que soy, pero el hombre que he sido me deja en paz.(!9) El mayor absurdo de la existencia, su mayor negación, es también para el surrealista la consciencia de la muerte. Pero este hombre lúcido es capaz, como el hombre de Camus, de enfrentar el desafío del demonio nietzscheano. Sabe que puede querer indefinidamente la vida que ha elegido, y por eso vive tranquilo con su pasado.

(1) Friederich Nietzsche, El origen de la tragedia, Caronte, p. 12

(2) Ibidem, pág.

(3) Albert Camus, El revés y el derecho, Losada, p.58

(4) Franz Kafka, Diarios, Tusquets, p. 14.

(5) Albert Camus, Conferencia del 14/12/57, p.88

(6) Ibídem, p. 184

(7)  André Breton, Manifiestos del surrealismo, Labor, p.205

(8) Ibídem, p. 59

(9) Albert Camus, El Mito de Sísifo, Losada, p.56

(10) Ibídem, p58

(11) Ibídem, p.125

(12) Ibidem. P61

(13) Franz Kafka, Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza, y el camino verdadero, Tercer cuaderno en octavo.

(14) André Breton, Manifiestos del surrealismo, Labor, p.19

(15) Ibídem, p.30

(16) Ibídem, p.59

(17) Ibídem p.248

(18) Ibídem, p69

(19) Ibídem p.250